El paraíso de Guapachá

26 enero, 2024Elena Alés

Ha boxeado, ha sido recaudador nacional, ha corrido motos, ha sido mecánico de coches y camiones, carpintero, ha sido padre, ha sido marido, novio y amante. Pero, sobre todo, ha sido, es y seguirá siendo cantante de boleros. Ah, y chavista.

José Eduardo Alcano Martínez, más conocido como José Guapachá, es un venezolano de 83 años que dejó su país para venir al paraíso. O al menos así lo llama él.

En su peculiar oficina puede oler el azahar en primavera, puede aparcar su bicicleta justo a su lado, donde la pueda ver. Los amigos llegan y se van después de compartir cervezas y cafés. En su peculiar oficina puede llover, puede sentir el sol sobre sus dedos. Hay gente que le trae lo que pide. Puede escuchar guitarras y cantes en las mesas de al lado. Su oficina resulta no ser una oficina, sino el bar El Pelícano, situado en el barrio de San Julián, en Sevilla. La localización no es casualidad, es el centro neurálgico de la bohemia sevillana hoy en día. Los corralones de la plaza del Pelícano se encuentran justo al lado. Locales habitados por artesanos, músicos y artistas es lo que se puede encontrar allí. Y allí es donde se puede ver a José Guapachá un día cualquiera.

José Eduardo llegó a Sevilla gracias a su hija Ellavled, una de los 12 hijos que José reconoce y con quien mantiene el contacto. Cuando aterrizó en esta ciudad, el primer regalo de su hija fue una bicicleta, además de la casa en la que vive José. Al lado de su cama siempre tiene una radio encendida que reproduce música clásica, y en su cocina nunca faltan arepas ni lentejas.

Javier Cornago está jubilado, pero lo de ser profesor de Historia lo lleva en la sangre. Si no hace algo, se aburre. Por eso ya va por su cuarta novela y sigue yendo a su instituto a dar clases de teatro. “Las historias que antes contaba en clase ahora las escribo”, dice mientras pega un sorbo a su cerveza.

Para conocer la historia de José, hay que remontarse a sus antepasados. Su abuela era una india mejicana -la pitonisa de la tribu- que fue comprada por una familia aragüeña “muy poderosa”, los Arenas Quintana.

–Yo tengo siete espíritus que me cuidan.

–Sí, siete enanitos tiene mi cama… –dice Javier con tono jocoso.

–Yo no sé si son enanitos o son grandotes o gigantes, solo sé que me cuidan –resuelve José con gracia.

–Cuidado con este. Como empiece, vas a acabar escribiendo la segunda parte del libro. De hecho, cuando creía que había acabado de escribir su biografía nunca era verdad. Siempre me contaba algo nuevo y no podía dejar de incluirlo.

Javier y José se conocieron gracias a Pepe Ortega, un reconocido productor musical y amigo de ambos. No paraba de decir que tenía que conocer al venezolano, porque tenía unas historias a las que Javier no se podría resistir. “Hombre, con 82 años la voz la tendrá ya un poco cascada”, pensó Javier cuando Pepe le hablaba de Guapachá. Nada más lejos de la realidad. La voz de José sigue sonando como hace 30 años, con un timbre y tono perfectos para cantar boleros. Con una experiencia y un carisma propios de un seductor que se ganaba a su público con el don de la palabra. Un buen día los presentó y desde entonces, las historias y las canciones no han dejado de sonar.

El libro biográfico de José Guapachá, Al son de Guapachá: Una historia con ecos de bolero, cuya presentación tuvo lugar hace apenas un par de meses en otro de los corralones de la zona –el del Pasaje Mallol–, es un 80% verdad y un 20% ficción, porque hay cosas de su vida que el mismo José no puede poner en pie o dar una explicación y porque, como comenta Javier, quiso preservar la intimidad de personas que estaban aún vivas y a las que no podía pedir autorización.

José Guapachá junto a Javier Cornago.

 

Entre historias, cafés, cervezas y boleros también hay hueco para la política, tan importante en la vida del cantante y tan necesaria para entender de dónde viene.

“José es un chavista hasta la médula, recalcitrante, da asquito. Pero yo lo entiendo”, comenta Javier. La explicación de José es más sencilla de lo que cabe esperar. Con una voz tenue, pero firme dice: “¿Sabes por qué? Porque Chávez fue un hombre como yo, pobre. Yo conozco el frío del niño, el miedo y el temor del niño, porque lo pasé. En carnes propias. No tenía ni qué ponerme. Y esa es mi gran verdad. Nadie me lo va a contar”.

Javier continúa la conversación: “El problema es que el rico no es solo rico, es riquísimo. Dicen que viven de escándalo en su casa con cinco personas a su servicio. Luego, cuando llega la revolución y su lavandera o su chófer les dice que sus hijos van a ir a la universidad y van a ser abogados, dicen ¿cómo? Se vuelven locos, les entra angustia. Yo sé lo que es eso, porque mi madre fue la criada del Conde de Benjumea, que fue ministro de Franco. Y por eso pasan las revoluciones y hay las dictaduras que hay, porque es muy brutal para ellos”.

“José ha sido un buscavidas, como un pícaro del siglo XVI. No ha podido ser otra cosa que lo que ha sido”, dice Javier. El caso es que José Eduardo incluso llegó a estudiar cuando pudo. “Si no hubiese estudiado, sería un delincuente. Hubiese robado a ricos, o hubiera sido lo que hoy llamamos un narco”, comenta Cornago.

En cuanto a lo personal, José asegura haber tenido 29 novias desde que cumplió los 14 años. “Y eres feo, imagínate si llegas a ser guapo”, bromea Javier.

A pesar del efecto de incredulidad que puede producir escuchar a José contar sus vivencias, Javier asegura haberlo contrastado todo en Internet cuando pensaba que le había metido una trola con eso de conocer a Fidel Castro, por ejemplo. “Yo pensaba que no podía conocerlo. Bueno, pues lo conoció a los 23 años en El Porteñazo –sublevación de la base naval de Puerto Cabello, en contra del presidente Rómulo Betancourt–. Entonces, o es el mejor mentiroso del mundo, o tiene una imaginación tan desbordante que enlaza con la Historia, o te está contando la verdad”, dice Javier.

Lo cierto es que José vivió tres años en la cárcel a raíz de la Insurrección de Puerto Cabello (1962). Pero el sentimiento de camaradería es lo que José recuerda mejor. Al fin y al cabo eran todos conocidos del pueblo, no eran delincuentes. “Tuvieron la desgracia de ser a los que un gobierno decide castigar, los golpistas”, defiende Javier.

–Chávez nos protegió, nos salvó. Empezamos a trabajar con él y todos éramos conocidos.

Entonces llega la pregunta del millón, ¿cómo puede querer un amante acérrimo de Venezuela dejar su país para venir a Sevilla?

–Porque este es el paraíso. Aquí no falta nada. Soy muy venezolano, pero también estoy muy feliz aquí. Y eso que vivo solo. Tengo que conseguir una compañera a la que dejar viuda. Quiero casarme con una mujer de unos 60 o 70 años.

“A mí me alucina cuando dice que para él esto es el paraíso, pero claro, ten en cuenta que ha encontrado un lugar con un clima parecido, quizás menos húmedo. Con mucho sol. La gente sale a la calle y canta, bebe y come”, se sorprende Javier.

–Y aquí hay mucho arte.

Ante la pregunta de si le gustaría volver a su tierra natal, Venezuela, José lo tiene claro:

–De aquí pa el cajón, y que sea de pino, ¿oíste?

Así, con el humor, el amor y los boleros por bandera, José Guapachá augura una vida feliz e intensa. Esta ha sido la historia de un venezolano que sobrevivió a las penurias de su país, el que le corre por las venas, el que le ha hecho ser la persona que es hoy. Pero sobre todo ha sido la historia de una estrella que no ha brillado en las grandes carteleras mundiales, sino en los oídos de las personas que tuvieron el don de saber escucharlo.

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