Conocer el miedo

24 junio, 2019Paco Cabezas

Como decía Henry Hill al principio de Uno de los nuestros, “Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón siempre quise ser un gánster”. Cambia la palabra gánster por director de cine fantástico y me tienes a mí, con 9 años, colándome en un cine de verano para ver Noche de Miedo, consiguiendo una copia pirata de La matanza de Texas o despertándome con la alarma de mi reloj Casio a las dos de la madrugada para ver en la tele Terroríficamente Muertos.

El cine de terror, y ahora por extensión las series de horror y de fantástico, ha sido mi única droga desde la más tierna infancia, y creo firmemente que funciona en nuestro organismo como algo adictivo. Algunos dicen que el terror, hoy, es solo una extensión de los tigres amenazantes que dibujaban los hombres primitivos en las paredes de sus cuevas. El ser humano necesita imaginarse en situaciones extremas donde la adrenalina se dispara para sentirse a la vez vivo y muerto. Por una cosa o por otra, a lo largo de mi vida como director y espectador he necesitado experiencias más fuertes, más extremas, más… originales. Y es aquí donde nos topamos con la madre del cordero: el cine de terror, exceptuando pequeñas sorpresas, se ha vuelto adocenado y reiterativo con los años, y es en las series donde los guionistas son capaces de explorar caminos nuevos y arriesgados para el horror y el fantástico. Los escritores han hecho que propuestas como Penny Dreadful, Castle Rock, Dexter, The Walking Dead o Stranger Things expandan los límites del género.

Una pregunta que los periodistas suelen repetirme con un sadismo digno de Hannibal Lecter suele ser: ¿En televisión, al final es el guionista el que corta el bacalao, no? ¿Es el director un mero realizador que solo sigue el guion al pie de la letra? Y con una sonrisa, digna también del Dr. Lecter, suelo responder con un tajante «NO».

Lo más fascinante de dar vida a estas historias fantásticas es el proceso creativo con los autores. Todas y cada una de las series fantastique que he rodado (Penny Dreadful, The Strain, El Alienista, American Gods, Dirk Gently, Fear the Walking Dead), han sido siempre un diálogo imaginativo y apasionante con los guionistas. Al fin y al cabo, un guion es un mapa del tesoro dibujado por un loco, un iluminado. Y un equipo de rodaje es un barco pirata en busca de ese tesoro. Mi trabajo como director es agarrar la visión sobre el papel de ese extraño profeta y hacerla carne; aunque ese proceso nunca sea tan sencillo como rodar lo que pone en la página. Quizás lo sea para otros directores, pero para mí, que me críe –y trabajé durante años– en un videoclub, sin haber pisado nunca una escuela de cine, no existe otra manera de trabajar que no sea zambullirme en la ficción y recrear ese mundo fantástico diseñando cada mínimo detalle.

Recuerdo hablar en Penny Dreadful con John Logan sobre Dario Argento y su obsesión por la sangre, y cómo diseñamos juntos los momentos de poesía más delicados y los de crueldad más sublimes ¿Cómo se rueda la muerte de un niño? En este caso concreto es el hijo de la criatura creada por Frankenstein, un niño enfermo que muere en la cama, soñando, mientras su respiración se va apagando lentamente. La respuesta es un largo plano secuencia donde la cámara se alza casi imperceptiblemente mientras el alma se escapa de su cuerpo. La cámara no aparta la mirada, se mantiene ahí, observando al pequeño con amor, espero, y otorgándole dignidad hasta que se apaga y deja de existir. Es uno de los pocos planos en los que he llorado mientras rodaba. En Fear the Walking Dead me empeñé en utilizar una plaza de toros como símbolo de la degradación humana, con hombres encadenados sirviendo como última defensa contra los zombis.

He tenido la extraña fortuna de rodar la muerte de muchos personajes principales en las series que he filmado, desde la de Vanessa Ives en Penny Dreadful, a la de otro niño a los pies de la estatua de la libertad en El Alienista (he rodado más, pero no lo puedo contar porque al cierre de estas líneas sería un pedazo de spoiler y el muerto sería yo). En cada una de esas muertes mi obsesión era la misma: buscar la belleza en el horror, tratar de encontrar el orden en el caos. Un pequeño inciso: en mi carrera he utilizado cientos de litros de sangre falsa; sin embargo, siempre me mareo al ver sangre real. Hace un tiempo mi hija se hizo un corte en la mano y no paraban de temblarme las piernas. Puede que de ahí mi obsesión por tratar de hacer bello lo feo, lo incomprensible. Lo que nos da miedo. Y precisamente por eso es por lo que debes leer Terror en serie, una guía donde los autores diseccionan el hermoso cadáver de muchas de mis series de terror y de fantástico favoritas.

Decía Orwell que el miedo es desconocimiento. Y si no lo dijo el bueno de George, seguro que lo pensó. Conocer y estudiar lo extraño, lo desconocido, el otro, lo que los poetas (en este caso los guionistas) han descubierto escarbando en lo más profundo de sus almas escribiendo estas series, nos permitirá en última instancia abrazar nuestra propia muerte. Y si estoy totalmente equivocado, si nada de esto que te acabo de contar tiene el más mínimo sentido y vamos a seguir cagados de miedo al enfrentarnos a los tigres de la caverna por mucho que estudiemos sus entrañas, al menos, con libros como este, nos divertiremos en el camino.

*Prólogo extraído del libro Terror en serie: de ‘Alfred Hitchcock Presenta a Stranger Thigs’, disponible en tiendas y en heroesdepapel.es*

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